por Pedro Cayuqueo(*)

A estas alturas puede que se pregunte por qué nadie le habló de esto en la escuela. Sirva de consuelo que a ningún mapuche tampoco. Y es que la historia, como siempre, no la escriben precisamente los de abajo. En el caso chileno, ese honor le correspondió en el siglo XIX a gente como Benjamin Vicuña Mackenna, Diego Barros Arana, Miguel Luis Amunategui y Crescente Errázuriz, entre otros historiadores con vinosos nombres de actuales calles y avenidas. Si un delito consta de autores materiales e intelectuales, este último rol lo jugaron los cuatro y sospecho de bastante buena gana. ¿Los mapuches una nación organizada, con una avanzada estructura social y una economía ganadera y textil pujante? Pamplinas, escribirían y casi al unísono. Hacia 1860 y silenciados los inoportunos discursos de Prieto y el propio O’Higgins, la orden del día no era otra que retratar al mapuche como un bárbaro y un salvaje sin dios ni ley. “La lucha de los araucanos contra sus invasores era en realidad la de la barbarie contra la civilización”, escribió Amunategui en “Los Precursores de la Independencia de Chile”. Barros Arana, por su parte, no escatimó en adjetivos para retratar al mapuche como un holgazán y bárbaro salvaje, incapaz de progresar en un vasto territorio “que habría recompensado con creces a un pueblo más industrioso”. Pero fue Benjamin Vicuña Mackenna, el más influyente de todos, quien llegó más lejos en su esfuerzo por falsear la historia. Parlamentario además de académico, todos sus escritos estuvieron dirigidos a legitimar el gran objetivo político de la élite chilena de aquellos años: el sometimiento por la fuerza del mapuche, el saqueo de su base económica y la colonización de extenso y rico territorio autónomo.
El indígena, señalaba el honorable parlamentario en un discurso de 1868 sobre las campañas en Arauco, “no era sino un bruto indomable, enemigo de la civilización, porque solo adora los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición y todo ese conjunto de abominaciones constituyen su vida salvaje”. Y ante ello, sentenciaba, lo único que cabía era la “conquista” sin contemplaciones. Huelga destacar que su discurso en el exterior –doble estándar de por medio- distaba mucho de reconocer siquiera la existencia del mapuche. “Los españoles se mezclaron con ellos de tal manera que encontrar hoy día en Chile un indio es cosa poco menos que imposible”, señalaba en 1866 y muy suelto de cuerpo en una conferencia dictada en Nueva York. El mismo camino de la negación transitaría Crescente Errázuriz, quien además de historiador llegaría a ser Arzobispo de Santiago e influyente columnista en la prensa. Consigna sobre su obra Jorge Pinto, académico de Temuco, que Errázuriz “prácticamente escribió una historia general del siglo XVI en la cual casi sus únicos protagonistas son los españoles. Los mapuches aparecen sólo muy de tarde en tarde”. Y colocar a los mapuches fuera de la historia no es sino una elegante forma de decir que nada les debemos, concluye Pinto. Chile país sin indígenas. Chile país de blancos. Chile país sin mapuches. Cuesta creerlo, pero tal absurdo de dichos historiadores perdura hasta nuestros días. Quien lo dude por favor tómese un par de minutos y chequee en televisión la publicidad de Ripley o Falabella. Cuando menos pensará que se equivocó de tanda comercial. O que por tele transportación fue a dar hasta Finlandia. Curiosidades de ayer y de hoy. Parte de los archivos secretos de “MapuLeaks”.
Extraido de THE CLINIC
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